Un trocito de alma al aire

9:44 / Comments (72) / by retinorama


Alquien me dijo no hace mucho que  tener hijos es como tener un trozo de tu alma al aire, siempre expuesta... asi que llevo 3 semanas con el alma abierta y creo que resignándome a admitir que será asi para siempre...

Por eso decidí que te llamarías Diego.

5:56 / Comments (5) / by retinorama

Lo poco que sé de Santiago es que murió antes de que pudiera conocerlo, por muy poco, de un ataque al corazón en plena comida de Navidad hace 5 años. Por las fotos sé que también era alto, callado y de pelo níveo, y que tenia el don de tener unas manos milagrosas, capaces de cocinar, dibujar, esculpir, pintar, arreglar, barnizar y construir asombrosas maquetas de madera que luego pintaba con su primer nieto, que resultó ser igual de alto, reservado y mañoso que él.

 Que era paciente -y debia serlo- porque se casó con Pili, una malagueña salerosa, alegre y coqueta como un cascabel capaz de hacerse un vestido con un mantel y de forrarse unos zapatos con un delantal solo para estar guapa para irse de feria, de tapas, de lo que fuera aunque no tuviera ni un duro, tan opuesta a él y tan complementaria que a dia de hoy a veces habla de él como si estuviera vivo y todavia pudiera pelearse con él por haberle dejado los pinceles sucios encima del trastero o porque no le apetecia ir a comer con los del hogar del jubilado.


Cuando el ataque al corazón le fulminó en pleno comedor y todo el mundo empezó a gritar, tu padre se lanzó a abrirle la camisa y buscarle el corazón para empujar con todas sus fuerzas, con tanta, que sintió como se le fracturaban las costillas bajo la presión del masaje cardiaco. El corazón de Santiago bombeó sangre un par de vecez más y entonces, dejó de latir para siempre.


Siempre que pienso en esa historia he deseado que tu padre no tuviera el recuerdo de la muerte en sus manos. Yo llevo muy mal la muerte de los seres queridos, porque soy incapaz de enfrentarme a ella sin rabia, sin impotencia, porque eso es lo que tiene la muerte, que nada puedes hacer contra ella, que es una partida perdida de antemano, y por eso intento no ir nunca a entierros y por supuesto, entrar a esa horrible habitación donde la gente quiere despedirse del cuerpo de sus seres queridos. Pero cada vez que pienso en que alguien que quiero puede morir, y que de hecho, morirá algún dia, no puedo evitar que se me salten las lágrimas, asi que todos los que me conocen bien saben que es un tema que es mejor no tocar muy directamente. Tu padre, mucho más maduro y sabio que yo para esos temas, siempre me abraza y me dice que algún dia tendré que enfrentarme a todo eso, a ese sentimiento que solo de pensarse hace que se me llenen los ojos de lágrimas, a esa falta de aceptación y yo sinceramente, creo que nunca seré capaz.

 
Yo prefiero la memoria de la vida. Por eso creo que no podia dejar pasar la oportunidad de ofrecer a las manos de tu padre que guardaran la memoria de acogerte por primera vez, de tomar tu vida entre sus manos por primera vez y quizá, quizá asi, entre los dos podáis ayudarme.

Creo que después de todo por eso decidí que te llamarías Diego.
 
Diego.Nombre Masculino de origen Griego. Derivación medieval de Santiago. Del griego instruido.

Naturaleza emotiva y clarividente. Se expresa por medio de la perseverancia, la concentración, la suficiencia y la clemencia. Ama lo oculto, lo que es y puede ser. Le gusta sentirse admirado.


Es consistente. Se expresa en la línea recta, la atención al detalle, la seguridad. Ama lo que afirma y confirma, la propiedad y la ley que ampara.


Es mente de pensamiento firme. Se expresa como pensador ágil, con capacidad analítica y tendencia a armonizar contrarios. Recibe impulso en las empresas que requieren de tacto, diplomacia. Amplia comprensión, penetrante adaptación y fusión de lo ancestral y lo actual. Ama complacer y recibir.
Podría destacar en profesiones como estadístico, contable, empleado, diplomático, bibliotecario, músico, político, pintor, escultor o mediador de paz.



Beautiful Catastrophe

8:40 / Comments (8) / by retinorama

Ya no soy una y me cuesta pensar. Pienso por dos, luego por cuatro, luego por seis y por ocho y despues vuelvo a pensar en una y unas ganas enormes de salir corriendo se apoderan de mi. Piso el acelerador y no dejo el tercer carril aunque no adelante, deseando escapar y fantaseando irracionalmente con no coger la proxima salida, seguir hacia el norte y no parar hasta que el coche decida pararse para no volver a arrancar del miedo que tengo.

Pero no soy una, porque ya soy dos y de repente todo lo que me queda por hacer -llenar una casa, habitaciones, muebles, electrodomésticos, mudanzas, mi ropa, el viaje a japon, la noche de juerga y gintonics y baile, mis libros, mis noches y mis dias sin decidir nada mas que lo que me apetezca en cada momento- pierde toda importancia y lo unico que necesito es seguir siendo yo, seguir siendo un desastre, asi que solo siento miedo, y alegria, y luego más miedo, y después mas alegria, además de incertidumbre y la sensacion de ser muy muy pequeña y muy muy grande, y muy muy frágil a la vez que mucho más fuerte de lo que crei jamás.


Pero ya soy dos y no se me ocurre ninguna persona peor preparada para dejar de ser una que yo, y mientras me miro y me remiro en el espejo buscando signos de esa misteriosa duplicidad que se ha adueñado de mi cuerpo, la total y absoluta certeza de que ya nada volverá a ser lo mismo se me ciñe a la cintura, que ya no es tan delgada, que ya no es tan lisa.

Y en la mas completa oscuridad, mi pequeña y preciosa catástrofe seguramente estará pensando exactamente lo mismo de mi.

To-pa-tí

15:34 / Comments (8) / by retinorama

Te acuerdas de mi, y no solo a ratos, porque mi recuerdo también se empeñó en andar a tus pies, en aparecer en los trenes y en trucarte las radios. Te acuerdas de mi, y no solo a ratos, y hubieras querido contarme qué canción te emocionaba más de in rainbows, y yo te hubiera dicho que videotape, y me habrias mirado igual que aquel día que te grabé the scientist y supimos que esa era la canción con la que los dos nos habíamos echado de menos. Y yo te hubiera mirado en silencio como quien mira a un espejo, de tanto que sentía que te conocía.

Te acuerdas de mi y no solo a ratos. Y no solo porque a estas alturas y después de tanto tiempo, habrás ido y habrás vuelto de todo aquello que te quedaba por vivir, de todas aquellas cosas en las que yo tenia la cabida justa, las horas justas, el tiempo justo para que no sintieras que perdías el control. Sobre tus sentimientos, sobre tu corazón, sobre tu cabeza. Te acuerdas de mi, y por eso sé que también recuerdas el tamaño exacto de cuerpo, el movimiento de mis labios al decirte que era muy posible que no volviéramos a vernos nunca más, el tacto de mis clavículas mientras me tocabas los huesos con las manos y me mirabas sin decirme que no me fuera.

Por todo eso, y mucho más, sé que me recuerdas. Sé que me nostalgias. Así que lo de menos es la excusa, lo de menos es la música, y que ese grupo que creo conociste gracias a mi y que te gustó tanto venga de gira, y que sientas la necesidad de decírmelo, a sabiendas de lo poco probable que es que yo no me haya enterado, que ya tenga las entradas, y que ojalá venga mi hermano, y que ojalá toquen bliss, o space demantia, o cualquiera de las demás. Quizá por fin ahora, ahora que ya has ido y ya has vuelto, hayas entendido porqué te dediqué aquella canción.

Por todo eso se que me recuerdas. Se que me nostalgias. Se que sabias que ibas a hacerlo, y que ahora, después de haber ido y de haber vuelto, te has dado cuenta de repente de que te has hecho un poco más viejo, de que has andado mucho pero no has avanzado nada y de que en realidad, echas mucho de menos a aquella morena bajita que te volvía loco y a la que no podías controlar y piensas en ella más de lo que deberías. Y casi puedo imaginarte dudando y dudando si pulsar o no el botón enviar, preguntándote si seguiré interpretando tus señales o habré olvidado ya tu idioma.

Así que ahora por fin, sé que nostalgias y que algún día, quien sabe cuando, vendrás a reclamarme tu nostalgia. Y como no he querido perder el tiempo, me he puesto a prepararla, para devolvertela, enterita, cuidada, peinada y perfumada, bien educada, modosa y formal.

Para que la guardes tú, y para que te dure mucho tiempo, que yo ya la he tenido suficiente.

Se acabó la rabia.

4:12 / Comments (1) / by retinorama

Aunque la pierna del hombre apenas se movía, Fido, debajo de la mesa, apreciaba grandemente esa caricia en los alrededores del hocico. Esto era casi tan agradable como recoger pedacitos de carne asada directamente de las manos del amo. Hacía ya dos años que, en contra de su vocación y de su contextura (patas gruesas y firmes, cogote robusto, orejas afiladas), Fido se había convertido en un perro de apartamento, condición que parecía avenirse mejor con los cuzcos afeminados, histéricos y meones, que desprestigiaban el segundo piso.

Fido no pertenecía a una raza definida, pero era un animal disciplinado, consciente, que por lo general aplazaba sus necesidades hasta el mediodía, hora en que lo sacaban a la vereda para que afectuara su revista de árboles. Sabía, además, cómo aguantarse en dos patas hasta recibir la orden de descanso, traer el diario en la boca todas las mañanas, emitir un ladrido barítono cuando sonaba el timbre y servir de felpudo a su dueño y señor cuando éste volvía del trabajo. Pasaba la mayor parte del día echado en un rincón del comedor o sobre las baldosas del cuarto de baño, durmiendo o simplemente contemplando el verde sedante de la bañera.

Por lo general, no molestaba. Cierto que no sentía un afecto especial hacia la mujer, mas como era ella quien se preocupaba de prepararle el sustento y de renovarle el agua, Fido hipócritamente le lamía las manos alguna vez al día, a fin de no perturbar servicios tan vitales. Su preferido era, naturalmente, el hombre, y cuando éste, después de almorzar, acariciaba la nuca o la cintura o los senos de la mujer, el perro se agitaba, celoso y receloso, en el rincón más sombrío del comedor.

Los grandes momentos del día eran, sin duda: las dos comidas, el paseo diurético por la vereda, y especialmente, este solaz después de la cena, cuando el hombre y la mujer charlaban, distraídos, y él sentía junto al hocico el roce afectuoso de los pantalones de franela.

Pero esta noche Fido estaba extrañamente inquieto. El golpeteo de la cola no era, como en otras sobremesas, una señal de mimo y reconocimiento, una treta habitual de perro viejo. En esta noche el pasado inmediato pesaba sobre él. Una serie de imágenes, bastante recientes, se habían acumulado en sus ojitos llorosos y experimentados. En primer término: el Otro. Sí, una tarde en que estaba solo en el apartamento, durmiendo su siesta frente a la bañera, la mujer llegó acompañada del Otro. Fido había ladrado sin timidez, se había comportado como un profeta. El tipo lo había llamado repetidas veces en un falsete cariñoso, pero a él no le gustaban ni aquellos cortantes pantalones negros ni el antipático olor del hombre. Dos o tres veces pudo dominarse y se acercó husmeando, pero al final se había retirado a su rincón del comedor, donde el olor de la frutera era más fuerte que el del intruso.

Esa vez la mujer sólo había hablado con el Otro, aunque se había reído como nunca. Pero otro día en que ella estaba sola con Fido y apareció el tipo, se habían tomado de las manos y terminaron abrazándose. Después, aquella cara redonda, con bigote negro y ojos saltones, apareció cáda vez con más frecuencia. Nunca pasaban al dormitorio, pero en el sofá hacían cosas que le traían a Fido violentas nostalgias de las perritas de cierta chacra en que transcurriera su cachorrez.

Una tarde —quién sabe por qué— volvieron a notar su presencia. Desde el comienzo, Fido había comprendido que no debía acercarse, que los ladridos proféticos del primer día no podían repetirse. Por su propio bien, por la continuidad de los servicios vitales, por el ansiado paseo a la vereda. No lamía la mano de nadie, pero tampoco molestaba. Y, sin embargo, ellos habían advertido su presencia. En realidad, fue la mujer, y era natural, porque con el tipo no tenía nada en común. Acaso ella tuvo especial conciencia de que el perro existía, de que estaba presente, de que era un testigo, el único. Fido no tenía nada que reprocharle, mejor dicho, no sabía que tenía algo para reprocharle pero estaba allí, en el baño o en el comedor, mirando.

Y bajo esa mirada húmeda, lagañosa, la mujer acabó por sentirse inquieta y no tardó en ser atrapada por un odio violento, insoportable.

Naturalmente, poco de esto había llegado a Fido. Pero una cosa lo alcanzaba y era el rencor con que se le trataba, la desusada rabia con que se admitía su obligada vecindad.

Y ahora que recibía la diaria cuota de afecto, ahora que sentía junto al hocico el roce y el olor preferidos, se sabía protegido y seguro. Pero, ¿y después? Su problema era un recuerdo, el más cercano. Hacía un día, dos, tres -un perro no rotula el pasado- el tipo había tenido que irse con apuro (¿por qué?) y había dejado olvidada la cigarrera, una cosa linda, dorada, muy dura, sobre la mesita del living.

La mujer la había guardado, también con apuro (¿por qué?) bajo una cortina de la despensa. Y allí, no bien estuvo solo, fue a olfatearla Fido. Aquello tenía el olor desagradable del tipo, pero era dura, metálica, brillante, una cosa cómoda de lamer, de empujar, de hacer sonar contra las tablas del piso.

La pierna del hombre no se movió más. Fido entendió que por hoy la fiesta había concluido. Perezosamente fue estirando las patas y se levantó. Lamió todavía un pedacito de tobillo que estaba al descubierto, entre el calcetín raído y el pantalón. Después se fue sin gruñir ni ladrar, con paso lento y reumático, a su rincón tranquilo.

Pero sucedió entonces algo inesperado. La mujer entró al dormitorio y regresó en seguida. Ella y el hombre hablaron, al principio relativamente calmos, después a los gritos. De pronto la mujer se calló, descolgó el saco de la percha, se lo puso a los tirones y —sin que el hombre hiciera ningún ademán para impedirlo— salió a la calle, dando un portazo tan violento que el perro no tuvo más remedio que ladrar.

El hombre quedó nervioso, concentrado. A Fido se le ocurrió que éste era el momento. Nada de venganza; en realidad, no sabía qué era. Pero el instinto le indicaba que éste era el momento.

El hombre estaba tan ensimismado, que no advirtió en seguida que el perro le tiraba de los pantalones. Fido tuvo que recurrir a tres cortos ladridos. Su intención era clara y el hombre, después de vacilar, lo siguió con desgano. No fue muy lejos. Hasta la despensa. Cuando el perro apartó la cortina, el hombre sólo atinó a retroceder, después se agachó y recogió la cigarrera.

En realidad, Fido no esperaba nada. Para él, su hallazgo no tenía demasiada importancia. De modo que cuando el hombre dio aquel bárbaro puñetazo contra la pared y se puso a gritar y a llorar como un cuzco del segundo piso, no pudo menos que, también él, retroceder asustado ante la conmoción que provocara. Se quedó silencioso, pegado al marco de la puerta, y desde allí observó cómo el hombre, con los dientes apretados, gritaba y gemía. Entonces decidió acercarse y lamerlo con ternura, como era su deber.

El hombre levantó la cabeza y vio aquel rabo movedizo, aquel cargoso que venía a compadecerlo, aquel testigo. Todavía Fido jadeó satisfecho, mostrando la lengua húmeda y oscura. Después se acabó.
Era viejo, era fiel, era confiado. Tres pobres razones que le impidieron asombrarse cuando el puntapié le reventó el hocico.
Mario Benedetti, Montevideanos. 1959

El dia que murió Benedetti.

5:36 / Comments (2) / by retinorama

Desde hace mucho ya se que nunca podré olvidarme del 18 de mayo. No solo porque de aqui a cinco dias yo vine al mundo hace 32 años, ni solo porque mis fantasmas no quieran olvidar esa misma fecha, aunque nada me empuje, aunque nada me aliente a celebrarlo, ni siquiera porque las viejas heridas, que se cierran por mucho que uno quiera pensar que no cuando están abiertas, se dejen asomar en forma de latido antiguo y desfasado.

Desde aquel 18 de mayo, decidí encontrar cualquier motivo, por pequeño, nimio, absurdo, pueril, insignificante que fuera, que me hiciera no asociar, que me hiciera romper los recuerdos empeñados a agarrarse al 1, a encariñarse con el 8 y el 5, y casi, casi lo conseguia, pero algo, siempre, un sueño, una noticia en el diario, el nombre de una calle, algún músico alemán, me traia de vuelta los recuerdos. Hasta que comprendí que a los recuerdos les gusta borrarse solos y me resigné a guardarlos hasta que quisieran marcharse.

Por tanto, hoy me levantaba a sabiendas del calendario, agradecida por el sol y por el lunes bonito, y ni siquiera esperaba encontrar algun motivo con el que distraer a los recuerdos amarrados a ese 1, a ese 8, a ese 5. Y sin embargo, ha sucedido. Este dia ya no será más el tuyo, ni será más el mio, ni nunca jamás será ya el nuestro. Somos demasiado insignificantes para que la historia nos guarde.

Asi que a partir de ahora y esta vez, para siempre, ya sé que nunca podré olvidarme del 18 de Mayo. Porque será siempre el dia que murió Benedetti. Creo que se lo merece. Creo que le amé más a él de lo que te quise a tí. Y desde luego, a él si que nunca podré olvidarle.

Angels Begins

11:37 / Comments (2) / by retinorama

Es algo parecido a desmayarse. Una modorra irresistible, un abandono voluntario de las fuerzas. Es convocar la inactividad, convocar la propia ausencia. Quiza hiciera mal en llamarlo huelga, y lo hubiera debido denominar tregua, pero eso no importa, porque como te decia anoche, definir acota, y todo lo que tiene limites no me funciona demasiado bien. Prefiero pensar que estoy contigo porque no lo razono, porque si razonara, echaría a correr de puro pánico. Y es que tu no sabes lo rápidas que pueden ser mis piernas. Mucho más incluso que mi corazón.

 Ojalá pudiera darte una causa, una explicación a todo aquello, y supongo que podria, como te dije, darte varias. Lo ideal seria que leyeras todo esto. Pero eso supondria recordar esa forma de mirar el mundo, y eso me hizo daño. Creo que he hablado y escrito todo de ese dolor, y por eso, ahora, demasiado curiosa, demasiado extrañada, demasiado suspicaz como para dejar de observarte como quien disecciona un insecto –tus patas, tus alas, las fotos con las que reflejas tu manera de mirar el mundo, anoche mientras me daba un ataque de risa tumbada encima de ti y mi propia risa provocaba la tuya, esa sonrisa, tu manera guasona de mirarme- no quiero volver a todo aquello, a todo el tiempo que ha pasado desde la primera vez que se me fundieron los plomos, a los 23 años, a esta ultima, cinco años después. Creo que incluso me asusta que algo asi pueda sucederme, que de repente, haya podido sentirme tan ajena de mi misma, y perder toda noción de unidireccionalidad, de unidad, de autonomia, de seguridad en mi misma como la perdi entonces. Todo eso me parece ahora. Me asusta recordarme asi. Creo que no podria volver nunca a aquel estado.


Lo que quiero decir es que ni soy una ni soy dos. Que desde un tiempo a esta parte, me cuesta verme unica. Que llegué a creer que yo era un personaje, porque de esa manera habia vivido, porque de esa manera se me antojaba todo, yo en un teatro, con espectadores, representandome a mi misma en un escenario real a tiempo real, en mi vida real, o al menos, lo que yo creia que era real. Que era lo que veia, lo que sentia, con los que hablaba, el trabajo, la gente que me rodeaba. Llegué a perder todo rastro de emocionalidad, y ostentaba mis emociones como algo blando y familiar, algo cálido pero lejano, muy lejano, porque esa era la unica manera de que yo me sintiera un poco mejor, sin tener en cuenta a nadie más que a mi misma y a los que quiero mucho.


Hasta aquella noche. Hasta aquel abrazo en el que me quedé dormida, como si hubiera llegado a algun lugar. Hasta aquel abrazo en el que te quedaste dormido, como si hubieras llegado a algun lugar. Hasta que tus labios y los mios se pusieran a contarse historias.


Ojala pudiera darte más respuestas. Ojalá pudiera confiar en mis sentimientos. Ojalá pudiera saber, a ciencia cierta, si puedo utilizar los mismos adjetivos que utilicé antes para decirte lo que siento por ti. No lo sé. Y ninguna definición viene en mi ayuda. Ninguna defición me vale. Porque no quiero acotar nada de esto. No quiero decirte que te quiero cuando no me fio de que eso signifique con fidelidad lo que siento por ti. No sé si te quiero, si todo esto, el querer estar contigo, el que tus cosas no me miren como una manada de lobos enseñándome los colmillos, porque no es raro que te extrañe no encontrar una camiseta de tio en mi ropa, es lo que pensé, porque recordé que yo nunca jamás habia dejado a nadie que ninguno de sus rastros me recordaran mi presencia en mi casa, donde solo cabian mis cosas. No se si el hecho de no haber sentido ni una sola vez que me sobraba tu presencia, a mi, que me sobra hasta la mia en algunos ratos.


No sé si pensar, y pensar tanto me ha servido de mucho, y se que definir las cosas es eso, definirlas, darles un significado. Yo no necesito significado. A mi me basta con saber si los dos compartimos el mismo. Y nada de lo que siento por ti por ahora me dice que no. Entonces, no quiero pensar. No quiero levantar las armas. No quiero sentir que puedo llegar a tener que defenderme. No quiero volver a mirarme tan triste. Supongo que por mucho que me cueste, no quiero que me hagan daño. No quiero hacerme daño yo. Y eso, volviendo al tema de la huelga, fue la causa de ellas. Cuando eres incapaz de dañar a alguien, lo más fácil es dañarte a ti mismo y convertirte en una especie de mariotena vestida de mártir. Me cuesta empezar a fiarme... a fiarme de esta bonanza...que uno siempre es mejor cuando elige libremente cada momento de su vida y yo he elegido quedarme en tus brazos, que tu hayas querido quedarte en los mios, por el tiempo que nos haga falta...


No, no quiero pensar. Por tanto no puedo hablar, y si soy sincera, hasta me recelo al escribirlo. Reflejarlo. Como si me diera miedo dejar rastro de esta nueva suerte. Hasta ahora, la primeva vez que escribo algo como esto a alguien como tú.



-... entonces quizás no hagas las preguntas adecuadas.


- Esto es muy fácil de decir...


- Y más dificil de hacer....